El Dr. Jaime Pizarro, investigador de la Facultad de Química y Biología de la Usach, lidera un proyecto Fondecyt Regular que analiza cómo factores como el calor, la luz y el tiempo de uso pueden provocar la migración de disruptores endocrinos hacia los líquidos que consumen niños y niñas, y sus posibles efectos en ellos.
El plástico se ha convertido en un material omnipresente en nuestras vidas, presente en envases, botellas, utensilios y un sin fin de objetos que usamos a diario, sin embargo, en el último tiempo la ciencia ha advertido que algunos de sus componentes pueden tener efectos negativos en la salud.
Uno de los casos más emblemáticos es el bisfenol A (BPA), compuesto asociado a alteraciones en los sistemas inmunológico, neurológico y endocrino, lo que llevó a su restricción en diversos países, entre ellos, Chile.
Este escenario ha abierto nuevas interrogantes sobre el uso del plástico que, pese a los esfuerzos por reducirlo, continúa siendo una de las opciones más accesibles, especialmente en productos destinados a la infancia, como juguetes, recipientes alimenticios y uno de los más utilizados: las mamaderas.
En esa línea, el Dr. Jaime Pizarro, investigador de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile, lidera un proyecto Fondecyt Regular recientemente adjudicado, que busca estudiar el proceso de migración de compuestos desde distintos tipos de plásticos utilizados en mamaderas hacia los líquidos que contienen.
La investigación se centra en evaluar cómo factores como el calor, la exposición a la luz y el tiempo de uso pueden influir en la liberación de estas sustancias desde los materiales hacia los líquidos que consumen niños y niñas, un fenómeno que podría tener efectos en su sistema endocrino.
“Hoy en día, el punto es que no sabemos si al calentar una mamadera, incluso aquellas que se comercializan como libres de BPA, se pueden generar compuestos derivados del propio plástico que, con el tiempo, migren hacia el contenido nutricional, como la leche o el agua. En ese sentido, existe consenso en que la exposición a disruptores endocrinos presentes en productos plásticos podría afectar el desarrollo”, explica el Dr. Jaime Pizarro.
Los disruptores endocrinos son sustancias químicas, de origen natural o sintético, capaces de interferir en el sistema hormonal al imitar, bloquear o alterar la acción de las hormonas del organismo. Se encuentran presentes en diversos productos de uso cotidiano, como plásticos, cosméticos, pesticidas y alimentos, y han sido asociados a efectos en la salud como alteraciones en el desarrollo, problemas hormonales y reproductivos. Su impacto es especialmente relevante en etapas tempranas de la vida, como la infancia, donde pueden influir en procesos clave del crecimiento.
“Hasta la fecha no ha habido un estudio sistemático que aborde el efecto conjunto de factores como la temperatura, la luz y el tiempo de almacenamiento en una mamadera, especialmente considerando su uso cotidiano, como el calentamiento repetido a lo largo del día y su uso prolongado en el tiempo. Tampoco se ha evaluado con precisión su capacidad de generar compuestos que migren hacia la leche o el agua”, explica el Dr. Jaime Pizarro.
Sensores para entender el comportamiento del plástico
Para abordar este desafío, el proyecto contempla el desarrollo de sensores electroquímicos capaces de detectar de manera específica disruptores endocrinos como el nonilfenol (NP) y el ftalato de dibutilo (DBP), compuestos presentes en distintos tipos de plásticos. Estos dispositivos, basados en electrodos modificados con polímeros de impresión molecular, permitirán identificar la presencia de estas sustancias en muestras de agua y leche contenidas en mamaderas sometidas a distintas condiciones de uso.
“Tenemos vasta experiencia en sensores electroquímicos, que son dispositivos de menor costo en comparación con técnicas tradicionales como la cromatografía, pero que ofrecen una alta proyección, ya que pueden modificarse para detectar compuestos específicos. Además, los resultados que obtengamos mediante estos sensores serán contrastados con técnicas cromatográficas, lo que nos permitirá certificar su precisión”, añade el Dr. Jaime Pizarro.
El proyecto contempla una duración de cuatro años, período en el que se desarrollarán y validarán los sensores, junto con la evaluación sistemática de distintos tipos de plásticos bajo condiciones reales de uso. Además, se busca que sus resultados contribuyan a generar evidencia científica que permita avanzar hacia productos más seguros, con potencial impacto en la industria y en la generación de mayor conciencia sobre el uso de plásticos en contextos sensibles como la alimentación infantil.
“Si bien este tipo de investigación tiene un alto potencial de impacto, también es fundamental avanzar en la concientización sobre el uso de estos materiales. Hoy es difícil prescindir del plástico, pero sí es posible promover un uso más informado, especialmente en contextos sensibles como la alimentación infantil. Generar ese conocimiento y ponerlo a disposición de la sociedad es, finalmente, uno de los principales objetivos de este proyecto”, concluye el Dr. Jaime Pizarro.
Texto y fotografía por Camilo Araya Bernales


